Vivimos en una generación que admira la fuerza, el éxito, la influencia y los resultados. Se habla mucho de hombres fuertes, líderes capaces y personas que han alcanzado grandes metas. Sin embargo, delante de Dios, hay algo que tiene un valor todavía mayor: el carácter.
Un hombre puede tener talento, conocimiento, posición y recursos, pero si carece de carácter, tarde o temprano aquello que ha construido puede terminar derrumbándose.
El carácter no se forma de un día para otro. Se forja en el proceso. Se construye cuando decidimos hacer lo correcto aunque nadie nos esté observando, cuando aprendemos a controlar nuestras palabras, cuando cumplimos nuestra palabra, cuando reconocemos nuestros errores y cuando permanecemos firmes aun en medio de las dificultades.
Dios utiliza el proceso para forjarnos
Las pruebas pueden revelar lo que hay en nuestro corazón. Los momentos de presión pueden mostrarnos nuestras debilidades. Los errores pueden enseñarnos humildad. Y las responsabilidades pueden ayudarnos a crecer en madurez.
No todo proceso difícil significa que Dios nos ha abandonado. Muchas veces significa que Dios está formando algo en nosotros.
Un hombre forjado entiende que no debe huir de todo aquello que lo incomoda. Aprende a preguntarse:
“Señor, ¿Qué quieres formar en mí a través de esto?”
El carácter se demuestra cuando nadie mira
Un hombre forjado aprende a dominarse
La verdadera fortaleza no consiste en reaccionar ante todo lo que nos molesta. La verdadera fortaleza también consiste en saber cuándo callar, cuándo esperar, cuándo pedir perdón y cuándo controlar nuestras emociones.
El dominio propio es una evidencia de madurez.
No significa que nunca sentiremos enojo, frustración o temor. Significa que no permitimos que esas emociones gobiernen nuestras decisiones.
Un hombre forjado no es aquel que nunca enfrenta conflictos; es aquel que aprende a enfrentarlos sin perder el carácter que Dios está formando en él.
El carácter se construye con pequeñas decisiones
Muchas veces pensamos que nuestro carácter se demuestra solamente en los grandes momentos. Pero, en realidad, se forma en las decisiones pequeñas de cada día.
Cumplir una promesa.
Llegar a tiempo.
Hablar con verdad.
Respetar a los demás.
Pedir perdón.
Ser fiel.
Cumplir con nuestras responsabilidades.
Cuidar nuestras palabras.
Servir aunque nadie lo reconozca.
Buscar a Dios aun cuando no tengamos ganas.
Cada una de estas decisiones parece pequeña, pero juntas construyen una vida.
El carácter de un hombre se forja mucho antes de que llegue el momento de demostrarlo.
Cristo es nuestro modelo
Como hombres de Dios, nuestro objetivo no es simplemente convertirnos en personas más disciplinadas o exitosas. Nuestro objetivo es parecernos cada día más a Cristo.
Jesús mostró firmeza sin perder amor, autoridad sin orgullo, verdad sin crueldad, servicio sin buscar reconocimiento y humildad sin debilidad.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente:
“¿Qué tan fuerte soy?”
También debemos preguntarnos:
“¿Qué tan parecido a Cristo está siendo mi carácter?”
Porque Dios no solamente quiere usar nuestras manos; quiere transformar nuestro corazón.
Un hombre forjado deja un legado
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