Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así también fueron llamados a una sola esperanza. Efesios 4:4.
De pequeños siempre queremos ser grandes para realizar cosas de grandes. Esas cosas que nos delegarán nuestros padres porque saben que podemos hacer solos, esas cosas que nos hacen sentir bien, capaces y responsables. Deseamos escuchar ese llamado de nuestros padres indicándonos que hemos crecido, que estamos listos.
Así como nuestros padres nos llaman, nuestro Padre Amado Dios nos llama también. Dios nos hace una invitación divina y llena de gracia a seguir a nuestro Maestro Jesús para amarle y servirle. Ese llamado nos transforma de adentro hacia afuera, cambiamos nuestra manera de pensar, escuchar, sentir para servir a los demás y glorificar el nombre de nuestro Maestro Jesucristo. Convirtiéndose en un propósito de vida.
Dios comienza a hablarnos en nuestro corazón en el tiempo y momento preciso para que sepamos cuándo y dónde ir por fe.
Obviamente al principio la duda y el miedo se apodera de nuestro ser porque son intuitivos en cualquier persona, pero cuando aprendemos a escuchar y discernir la voz de nuestro Dios, confiamos más en él a hacer algo más grande, de lo que podemos hacer.
El llamado de Dios es siempre al “otro lado”. El otro lado es diferente para cada uno, pero con el mismo propósito. Es un llamado a dejar lo seguro para emprender un viaje de fe con Jesús hacia un nuevo propósito, confiando en su autoridad incluso en medio de las tempestades.
“Conocer a Cristo y darlo a conocer, ese es nuestro propósito por medio de los dones y talentos que él ha puesto en nuestras manos, reflejando su amor y bondad para nosotros.
AMÉN.

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