La casa regularmente se define como un Edificio para habitar, no obstante es un sitio donde crecimos protegidos por el amor de nuestra familia, nuestros padres y de nuestros hermanos. En otras palabras, es un lugar donde en cada rincón se respira vida, seguridad, cobijo y formación.
Dada esta breve explicación se podría decir que nuestro corazón es un lugar donde moran familiares y amigos que amamos, el recuerdo de seres queridos que han fallecido, momentos de felicidad, superación y aprendizaje que nos han formado como personas.
Pero así como hay momentos agradables hay momentos desagradables en nuestro corazón, estos últimos se podrán llamar Inquilinos del Corazón, como se sabe un inquilino es una persona que tiene el derecho de ocupar y utilizar una propiedad en renta y quien es responsable de causar cualquier daño que cause a la propiedad.
Muchas veces vigilamos nuestro comportamiento, mientras ignoramos nuestro corazón, olvidando las palabras de nuestro Maestro Jesús. "Pero lo que sale de la boca viene del corazón, y eso contamina al hombre". (Mateo 15:18). Tomando en cuenta el versículo anterior, te has puesto a meditar ¿Por qué digo lo que digo? Pues ello podría ser por esos inquilinos que moran en nuestro corazón como son: la culpa, la ira, la avaricia y los celos.
A pesar de que reconocemos cada uno de ellos, desconocemos ¿De qué manera podemos apartarlos de nuestro corazón? En la Palabra de nuestro Maestro Jesús encontramos esa guía que tanto necesitamos.
Para la Culpa.
Para la Ira.
Para la Avaricia.
En la Palabra de nuestro Señor Jesucristo encontramos la parábola del "rico insensato". Lucas 12:13-21, un hombre pide a Jesús que le diga a su hermano que comparta la herencia con él, pero nuestro Maestro le responde preguntando ¿Quién lo ha puesto como juez y advierte a todos que deben guardarse de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia que posee.
Al tener una vida piadosa y en relación con Dios, la avaricia se desvanece.

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